Muchas veces creemos que entendemos lo que le pasa al otro, cuando en realidad no es así. Ni siquiera las mejores amistades o parejas logran comprender, a veces, ni la mitad de lo que está viviendo la otra persona. Intentamos entender desde afuera, pero sin empatía real. Y no hablo de desconocidos, hablo de personas cercanas: amigos, familia, gente de nuestro círculo íntimo.
A veces alguien se aleja, se encierra, tiene actitudes poco cómodas o respuestas que no son las más amables, y nuestra primera reacción es juzgar. El ser humano tiende a ser juez y verdugo, aunque no voy a meterme en la historia de la humanidad porque no viene al caso.
Volviendo al punto: no sabemos qué está atravesando el otro y aun así suponemos. Vemos la situación desde lejos y no la entendemos… hasta que nos toca vivir algo similar. Entonces, recién ahí, comprendemos.
La verdad es que muchas veces, por no decir la mayoría, nos comunicamos mal con los demás. Perdemos interés en lo que les pasa a nuestros seres queridos. Nos encerramos en nuestro mundo, priorizamos cosas o personas porque “siempre fueron lo más importante”, y dejamos de ver al que tenemos al lado. Ese al que simplemente suponemos que “le pasa esto o aquello”.
Somos cerrados, básicos. A veces tan concentrados en nuestros propios problemas que ignoramos —o incluso elegimos ignorar— a los demás.
Pero estaría bueno cambiar eso. Hablar más con quienes nos importan. Tratar de entender lo que están viviendo. Si alguien se cierra, por lo menos hacerle saber que estás ahí. Y si no te das cuenta de lo que le pasa, o creés que no es importante, entonces tal vez es hora de abrir un poco más los ojos.
En lugar de suponer, empecemos a preguntar. A escuchar. A estar.
Autor
Fernando Javier Casanova
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